Girona ya contaba con la carta de colores que definió el alzado del río Onyar desde 1983. La demanda del
Ayuntamiento fue, en el año 2000, la de establecer unas Ordenanzas del Paisaje Urbano para todo el conjunto histórico.
No se trataba de una substitución de unos colores por otros. La revisión de la carta llevaba implícitas unas pautas para el
tratamiento de las fachadas y queríamos que ayudara a identificar los tipos arquitectónicos del casco: del gótico al
novecentista.
Por primera vez se especifica no un tipo de pintura, sino sus rangos de tolerancia y características: impermeabilidad,
transpirabilidad, textura, brillo, etc. Además de pinturas y estucos, el paisaje construido de esta ciudad lo define también su
autóctona caliza. El hecho de mantenerse aún canteras en explotación, nos ayudó a definir sus características petrográficas,
procesos de envejecimiento y la influencia de los tipos de labra y acabados en su colorido. La carta de colores está muy
condicionada por su harmonización con la variedad de tonos que adquiere la piedra local.
Si Girona fue pionera cromática con sus fachadas del río, se quería que la nueva paleta lo fuera también por su contenido,
integración dentro de un marco legal urbanístico, divulgación (edición de láminas y cartas de colores), seguimiento y gestión
municipal.